sábado, 9 de mayo de 2009

Noche 2 (Continuación)

- No levantes la voz, no eres importante. Las calles siempre estarán vacías ¿acaso puedes verlos? El eco, los gritos y tu imperio. El apocalipsis que cueces en tus entrañas... rabia y debilidad, sólo el silencio prevalece porque es eterno. Es tu mujer la que habla, soy tu mujer. No sudes metano, inhálalo poco a poco, con cortesía, con delicadeza. Deja que los vapores drenen tus venas lentamente, permíteles el ingreso y disfrútalo. Respira y cierra los ojos. Nadie escucha y nadie puede ver. Soy la que está a tu lado pero no te acompaña, tu mejor consejera, mujerzuela virginal; la que odias y a la que nunca podrás tocar ¿me reconoces? Probablemente no. Pero yo sé de ti, me he tomado mi tiempo en conocerte. Cada noche estuve ahí, divirtiéndome, alimentándome. Conozco tus secretos porque siempre los compartiste conmigo. Podría burlarme, pero ambos sabemos que no sería elegante, estás en una situación poco ventajosa, estás en vías de maceración. Tu sonrisa es falsa porque no has aprendido a recrearte ¿Quieres mi consejo? Cágate en los truenos y en las balas, seduce al mundo y distribuye tu ira con educación brutal, reparte a todos por igual porque todos merecemos un poco de ella. Abre los ojos y respira. Pierde la costumbre y conviértete en dios, es él quien más disfruta, el observador silencioso, voyerista. Encárnate en él e inhala el silencio más salvaje, la omnipresencia y la atemporalidad. Despierta lentamente y escupe al mundo con una sonrisa, levanta la cabeza y olvida la resaca.

domingo, 3 de mayo de 2009

Noche 2 (Continuacion de Noche 1)

Los insectos invisibles se despiertan en las noches.

2 y 3 de la madrugada. Inhalo los gases del fósforo que enciendo. Sudo alcohol, metano, combustible. Mi cuerpo está lleno de eso. Mi saliva no me refresca, me embriaga.

Escupo al suelo para carbonizar las llamas desparramadas de un incendio que ya arde desde hace mucho. Arde el fuego sobre fuego convirtiendo las llamas antecesoras en cenizas; infectándolas, penetrándolas, violándolas para apoderarse del terreno. Mis flamas son mis soldados y esto es mi saqueo.

¡Fuera de aquí! Grito a los que habitan el infierno y los que logran salvarse, se arrastran entre la lava. El dueño de casa no aparece. Probablemente se esconde entre los cadáveres, como un niño se acurruca en el vientre de su madre.

No vengo a salvar a nadie, todos lo saben, vengo a crear mi propio orden con el único propósito de que mi corazón palpite.

Mi sonrisa empuja mis orejas hasta la nuca, las cejas arqueadas casi logran punzar mis labios.

El Infierno está en cenizas y yo tengo la dicha de ser el culpable.

Estoy cansado de ser un miembro más de este club, es el turno del resto de ser excremento de mi aquelarre. No quiero ser Dios, el diablo, ni sus demonios, es por eso que he arrojado a uno de los jinetes del apocalipsis de su caballo, para descuartizarlo y hacerme un bonito retrato de sus entrañas.

He reunido a los 7 pecados capitales y los he nombrado con mi impronunciable nombre.

Bienvenidos a mi fiesta. Bienvenidos al final de los principios del hombre, al que llaman el principio del fin, al que aparentemente es el magno final del ínfimo extracto de tiempo en el que vivimos.

Siéntate a mi lado - Le susurro al eco - Por fin estamos solos. Todos huyeron de mí por fin y ahora este es mi imperio. Quédate conmigo, pero no te atrevas a llenar este vacío.

El silencio es asesinado por un fulminante balazo sonoro. El eco se esconde debajo de la tierra por temor a morir. Aquella figura conocida por mi aparece en mi infierno, para decirme algo…

viernes, 1 de mayo de 2009

Noche 1

Llevo un fin de semana en el infierno. Estoy contando, uno, dos y tres. Mi cuerpo se ha encogido y se hace cada vez más delgado. Soy lo que resta de un tejido de harapos que se ha hecho carne, carne pálida, carne enferma, como una costra bañada en corrosión. Óxido óseo. Una estructura sin sangre, venas drenadas y un tejido de nervios hilando en el miedo. Mi noche escuálida, mis noches de pavor.

En el infierno hay insectos invisibles. Esos insectos de patas largas que caminan mientras esconden sus huevos bajo la epidermis. Llevo cientos de ellos. Soy el nido de insectos preñados, soy el hostal donde fornican y la sala de alumbramiento. Los siento cuando caminan sobre mí, sus patas como caricias que rasgan la sensibilidad a su paso, sus colmillos devorando las líneas de mis manos y esas antenas que detectan los pocos espasmos de sonrisas que van quedando. Los escucho defecar, excrementos con sabor a azufre. Los escondo y estoy salivando. Siento que crece la irritación de mi piel, siento los huevos explotar y las larvas saliendo desde mi epidermis. Sus corazones laten como aguijones místicos que van dejando protuberancias por todo mi cuerpo. Pelotas de siete colores. Larvas herederas de la luz descompuesta, pintura en crayones, escozor y heridas. Laboratorio de mi condición

Llevo un fin de semana aquí pero el infierno no me afecta. No hay lágrimas cayendo lejos, no existe el sudor. No tengo nauseas y por eso estoy vomitando, para demostrar que no lo estoy haciendo, para que sepan que lo hago porque quiero. Un vagabundo cantando por la calle. Una canción que no existe. Un crio sin ilusión. Son tres días que van pasando y todo se hace tan ligero, el calor asfixiante, las miradas corruptas, los ojos asesinos, las lenguas de fuego, los demonios de siete cabezas, la ballena de Jonás, las siete plagas, el terror, la desidia, la locura, los gritos y esa desesperación, los llantos, las siete plagas y la ira de dios. No me afecta. No estoy temblando.

Llevo un fin de semana en el infierno y no me importa si son tres años más. Sólo estoy contando, uno, dos y tres; tic, tac, tic. El tiempo no se detiene por sutilezas, no sabe de distracciones. Los días son años y los gritos un sinfonía gutural. Aquí todos olemos a azufre y estamos muertos, aquí los dioses tiemblan, aquí me he convertido en animal.